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Los malos humos
Por Jorge Ignacio Sánchez
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Soy fumador. Hace más de veinte años que no inhalo una sola calada pero soy fumador. Es como ser cristiano. Se puede no practicar la religión, pero una vez bautizado se es cristiano para toda la vida.

Un día estaba yo en la barra de un bar a eso de las once tomando un tentempié de media mañana, cuando se coloca a mi lado un hombre de mediana edad; sin mediar palabra le sirven una copa de coñac barato mientras deposita  sobre el mostrador el importe justo de la consumición, la bebe de un solo trago, y se va.

Yo tomo coñac muy de vez en cuando –no más de media docena de veces al año- solo cuando se dan las circunstancias propicias: después de una buena comida, con tiempo para una larga y relajada sobremesa cómodamente sentado. Solo tomo destilados de alta calidad, espíritu de excelentes vinos. Tomo la copa en mi mano, contemplo el precioso color  ambarino del líquido y observo como lagrimea por el cristal, me dejo invadir por sus aromas y antes de depositarla de nuevo en la mesa empapo la boca con un breve sorbo que la inundará de agradables sensaciones durante largos y placenteros minutos. Pero falta algo para que esos momentos sean completos: un buen puro.

Soy un buen bebedor; consumo moderadamente bebidas de calidad -no necesariamente caras- y las disfruto con parsimoniosa delectación, pero para mi desgracia soy un pésimo fumador. Llegué a consumir dos paquetes diarios de Ducados. Digo consumir y no fumar, pues era imposible que fumara los dos cigarrillos que en ocasiones -de manera inconsciente- mantenía encendidos simultáneamente. Ninguno de aquellos cigarrillos me proporcionaba el más mínimo placer, solo la imprescindible dosis de nicotina que exigía mi organismo y tal vez una agarradera a la que asirme cuando me invadía el estrés y la falta de autoconfianza. Era como el hombre que se bebía la copa de coñac de un trago: no necesitaba coñac –era solo un vehículo- sino el alcohol que contenía, y yo no tenía necesidad de tabaco, sino de nicotina. Sí disfrutaba de vez en cuando de un buen habano durante la sobremesa, sin prisas, o de una pipa que exigía aún mayor parsimonia. Durante tres meses me propuse fumar exclusivamente en una que me regaló mi esposa; al placer de saborear un buen tabaco se añadía el cálido y suave tacto de la pulida madera de raíz de boj, pero acabé recayendo en el cigarrillo compulsivo. Así que pasado un tiempo me propuse abandonar el tabaco y tras varios intentos fallidos lo conseguí, así, por la brava.

Han pasado más de veinte años y aunque mi actividad me proporciona demasiadas tentaciones, hasta ahora he conseguido superarlas. Estuve a punto de sucumbir el año pasado durante el I congreso de críticos gastronómicos. Después de la comida, Altadis nos ofreció una sobremesa durante la que nos ilustraron con una interesante conferencia  sobre “La riqueza y la cultura del habano”. Ante mí, mientras nos explicaban su origen  elaboración y características, un magnífico Montecristo “pirámides” y los adminículos necesarios para su disfrute con que nos obsequiaba la casa: un elegante  cenicero de porcelana, un encendedor especial para puros y una guillotina; además una copa de ron cubano añejo para acompañarlo. A mí alrededor cerca de medio centenar de colegas disfrutaban del espléndido veguero mientras yo me conformaba con acercarlo -apagado- a la nariz  para percibir el aroma fresco e intenso de la hoja seca y bien curada del tabaco; hasta que al límite de la resistencia le dije a mi amigo Vilabella que estaba en el asiento de al lado: José Manuel, no puedo más, voy a encenderlo. Escuetamente y con cariñosa firmeza me dijo: Jorge, no lo hagas. Gracias a él sigo siendo un fumador inactivo y me libré de una segura recaída que me hubiera llevado, no a fumar de vez en cuando, incluso cada día, un puro (¿donde hay que firmar?), sino con toda seguridad a la compulsiva adicción que me exigiría la nicotina que he dejado de administrarme durante dos décadas.

Les cuento todo esto para que vean que no soy de dan la tabarra tratando de convencer al prójimo de lo pernicioso que es el tabaco y lo bien que se siente uno después de dejar de fumar. Si son buenos fumadores disfrútenlo y si como yo son unos drogodependientes allá ustedes, es su problema, pero eso sí, muestren por los demás la misma tolerancia y comprensión que yo les otorgo a ustedes.

No digo que no fumen en el bar o si está habilitado para ello en el restaurante –a veces me molesta el humo ajeno, pero también me molesta la contaminación ambiental, acústica y de todo tipo que sufro en la ciudad y no voy a pretender que corten el tráfico o apaguen las calefacciones; si quiero aire puro me voy al campo y santas pascuas- pero si que lo hagan con cierta consideración que no es más de la que yo tenía cuando era fumador activo. Jamás fumé en espacios cerrados aunque no estuviera prohibido (ascensores, transportes públicos…) ni durante la comida; en este aspecto no solo por deferencia hacia los demás comensales, sino por propio interés (bastante anestesiaba las papilas durante todo el día como para destrozar el esmerado trabajo del cocinero con un cigarrillo entre plato y plato). Entre el aperitivo y el café declaraba una tregua, un pacto de no agresión a mi paladar, aunque con ello no consiguiera evitar  los inoportunos humos de algún desaprensivo compañero de mesa.

Disfruten o envenénense aspirando su humo mientras toman un café en la barra pero, por favor, cuando lo expelan no lo hagan directamente sobre mi cara -solo tienen que girar levemente la cabeza- ni sostengan el humeante cigarro justo bajo mis narices cuando estoy comiéndome el croissant. No son manías de fumador arrepentido, ni fanatismo de converso, que no lo soy; solo que cuando como un croissant me gusta que sepa a croissant igual que si pudiera (ojalá) fumarme un puro me gustaría que me supiera a tabaco y no a Channel nº5.

Pero cuidado, que no solo el humo de un Farias ajeno puede echarle a perder una deliciosa comida. Imagínense la escena (o tal vez no lo necesiten porque ya la han padecido). Está usted sentado a la mesa de un establecimiento (por lo general una sidrería) de buena reputación para comer –pongamos por caso- un espléndido arroz con mariscos por el que va a pagar una pasta gansa. Le colocan sobre la mesa la paella que desprende un exquisito aroma que se hace aún más intenso cuando se sirve en el plato, y cuando más está disfrutando ocurre la catástrofe; una humareda densa se expande por  el local portando un repelente olor a grasa quemada y contaminando el aire con una peligrosa concentración de los cancerígenos benzopirenos. ¿Qué ocurre? No se alarmen. La cosa no va a ir más allá de amargarle -intoxicando sus pulmones- la que se prometía placentera comida; sencillamente en una mesa próxima alguien se divierte preparando un “chuletón a la piedra”, que ya son ganas, con lo bien que lo haría en la parrilla o la plancha el –seguramente espléndido-  cocinero profesional que obra en la bien equipada cocina donde no falta detalle, con su campana extractora y todo. Pero “se vende muy bien”, le dirá el propietario del establecimiento. Pues cuidado, no sea que por vender más chuletones, vendan menos paellas, aunque a fuerza de predicar algo –aunque poco- se va consiguiendo.

A ver si en el congreso les sobra un rato y preparan una ley anti-chuletón, pero mientras tanto señores restauradores, traten de convencer a sus clientes de que en la cocina les preparan con pericia –que para eso pagan- la carne al punto más de su gusto, y si se obstinan en divertirse jugando a las cocinitas, invítenles a limpiar pescado, picar cebolla o sacar brillo a las cacerolas, eso sí; todo incluido en el precio con el chupito.

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