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Para
todos nosotros resulta evidente la preocupación que existe
en la sociedad actual por los factores dietéticos y
nutritivos de nuestra alimentación diaria, que se ve
decisivamente influida por el frenético ritmo que nos
impone la época en la que nos ha tocado vivir. Gran parte
de la población reclama información en nutrición y desea
conocer las bases de una alimentación sana y equilibrada.
También muchos de nosotros recordamos con añoranza la
comida tradicional de siempre, la conocida como "comida
casera o de las abuelas", y bien que nos gustaría poder
transmitirla, adaptada a los gustos actuales, como base de
la alimentación de nuestros hijos (5).
Desde la década de los 60, es conocida la mayor esperanza
de vida y el menor riesgo de enfermedades cardiovascular
en los países mediterráneos y su clara relación con las
costumbres alimentarias. Tras el famoso Estudio de los
Siete Países, llevado a cabo por el médico norteamericano
Ancel Keys, que durante veinte años estudió los hábitos
alimenticios en Finlandia, Grecia, Italia, Japón, Holanda,
Estados Unidos y Yugoslavia, nació el concepto de DIETA
MEDITERRÁNEA, que abarca una gran variedad de alimentos
preparados de forma simple. La Dieta Mediterránea
tradicional es una rica herencia cultural que nació de la
confluencia geográfica, histórica, antropológica y
cultural de tres continentes: África, Asia y Europa. A
partir de la simplicidad y la variedad, en un entorno
hospitalario y climatológicamente templado, fue surgiendo
una de las combinaciones de alimentos más equilibrada,
completa y saludable del planeta. Se incluyen en ella
desde una amplia gama de verduras, legumbres y frutas,
hasta el pescado y las carnes magras, apoyados en
alimentos ricos en hidratos de carbono y fibras, algunos
productos lácteos, sin olvidar al gran aceite de oliva
como fuente principal de grasas saludables (3)
El modelo alimentario mediterráneo se puede resumir en los
siguientes consejos (3)
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1 |
Utilizar el aceite de oliva como
principal grasa de adición. |
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Es el
aceite más utilizado en la cocina mediterránea. Es un
alimento rico en vitamina E, beta-carotenos y un tipo
de grasa vegetal (monoinsaturado) que le confieren
propiedades cardioprotectoras.
Este alimento representa un tesoro dentro de la dieta
mediterránea, y ha perdurado a través de siglos entre
las costumbres gastronómicas. |
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2 |
Consumir alimentos vegetales en abundancia: frutas,
verduras, legumbres y frutos secos. |
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Las
verduras, hortalizas y frutas son la principal fuente
de vitaminas, minerales y fibra de nuestra dieta y nos
aportan, al mismo tiempo, una gran cantidad de agua.
Es muy importante consumirlas a diario y la cantidad
recomendada son cinco raciones entre ambas.
Gracias a su contenido elevado en antioxidantes y
fibra pueden contribuir a prevenir, entre otras,
algunas enfermedades cardiovasculares y algunos tipos
de cáncer. |
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3 |
El pan y los alimentos procedentes de cereales (pasta,
arroz y sus productos integrales) deberían formar
parte de la alimentación diaria. |
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El
consumo diario de pasta, arroz y cereales en general
es imprescindible por su composición rica en
carbohidratos.
Nos aportan una parte importante de energía necesaria
para nuestras actividades diarias. Hay que tener en
cuenta que sus productos integrales nos aportan más
fibra, minerales y vitaminas. |
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4 |
Los alimentos poco procesados, frescos y locales son
los más adecuados. |
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Es
importante aprovechar los productos de temporada ya
que, sobretodo en el caso de las frutas y verduras,
nos permite consumirlas en su mejor momento, tanto a
nivel de aportación de nutrientes como por su aroma y
sabor. |
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5 |
Consumir diariamente productos lácteos, principalmente
yogurt y quesos. |
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Nutricionalmente hay que destacar que los productos
lácteos son excelentes fuentes de proteínas de alto
valor biológico, minerales (calcio, fósforo, etc.) y
vitaminas.
El consumo de leches fermentadas (yogurt, bio, etc.)
se asocia a una seria de beneficios para la salud
porque estos productos contienen microorganismos vivos
capaces de mejorar el equilibrio de la microflora
intestinal. |
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6 |
La carne roja tendría que consumirse con moderación y
si puede ser como parte de guisados y otras recetas. |
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Y las
carnes procesadas en cantidades pequeñas y como
ingredientes de bocadillos y platos. Las carnes
contienen proteínas, hierro y grasa animal en
cantidades variables.
El consumo excesivo de grasas animales no es bueno
para la salud. Por lo tanto, se recomienda el consumo
en cantidades pequeñas, siempre que se pueda, mejor
magras, y formando parte de platos a base de verduras
y cereales. |
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7 |
Consumir pescado en abundancia y huevos con
moderación. |
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Se
recomienda el consumo de pescado azul como mínimo una
o dos veces a la semana ya que sus grasas – aunque de
origen animal- tienen propiedades muy parecidas a las
grases de origen vegetal a las que se les atribuyen
propiedades protectoras frente enfermedades
cardiovasculares.
Los huevos son ricos en proteínas de muy buena
calidad, grasas y muchas vitaminas y minerales que los
convierten en un alimento muy completo. El consumo de
huevos tres o cuatro veces a la semana es una buenas
alternativa a la carne y el pescado |
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8 |
La fruta fresca habría de ser los postres habituales
y, ocasionalmente, dulces pasteles y postres lácteos. |
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La
fruta fresca tendría que ser los postres habituales en
nuestros ágapes muy por delante de los dulces y
pasteles. Las frutas son alimentos muy nutritivos que
aportan color y sabor a nuestra alimentación diaria y
que se convierten también en una alternativa muy
saludable para media mañana y la merienda. |
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9 |
El agua es la bebida por excelencia en el
Mediterráneo. El vino se ha de tomar con moderación y
en las comidas (un vaso). |
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El agua
es fundamental en nuestra dieta. El vino es un
alimento tradicional en la dieta mediterránea que
puede tener efectos beneficiosos para la salud pero
que se tiene que consumir con moderación y en el
contexto de una dieta equilibrada. |
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10 |
Realizar actividad física todos los días (tan
importante como comer adecuadamente). |
Enfrentada directamente con ella, se
encuentra la conocida como "comida rápida", que nos
ha impuesto la modernidad mal entendida, perfectamente
orquestada por los medios informativos y publicitarios al
son que marcan las grandes multinacionales de la
alimentación. Esta dieta, tan criticada por casi todos,
pero al mismo tiempo tan extendida con la clásica excusa
de la falta de tiempo, se ha introducido perversamente
disfrazada en la alimentación diaria de nuestros hijos y
en nuestra cultura culinaria.
Podemos
reconocer que para una mente infantil resulta más
atractiva una hamburguesa comercial empaquetada, con su
salsa de fuerte sabor o algún pastelito industrial siempre
acompañado de algún "regalito inútil", que una tostada con
aceite de oliva o un plato de legumbres. De igual modo,
para muchos padres es más fácil encargar una pizza o una
salchicha, que preparar una nutritiva tortilla de papas o
hacer ellos mismos la pizza con ingredientes caseros y la
hamburguesa con carne de calidad y menos grasa.
Pero, hagamos
un breve análisis sobre nuestra cultura mediterránea
referida a la alimentación, y así quizás podamos entender
el conjunto de circunstancias que están produciendo su
progresivo alejamiento de nuestras cocinas.
Los cocidos.-
Poco podían
imaginar aquel grupo de hombres y mujeres de finales del
cuaternario, que aquello que acababan de experimentar
colocando algunas piedras al fuego y sumergiéndolas
posteriormente en alguna oquedad de las rocas con agua,
carne y algunos vegetales, fuera uno de los inventos que
revolucionaría la historia de la humanidad. El fuego,
trajo la posibilidad de facilitar la ingesta de
determinados alimentos duros, que en el esquema evolutivo
desarrollaban más las mandíbulas en detrimento de la
capacidad craneana, estas carnes y vegetales, primero
asados y algún tiempo después cocidos, propiciaron una
vida más larga, una vejez más satisfactoria y un mayor
bienestar individual y social.
Los adelantos
tecnológicos, repercutieron también en gran medida, en
muchos aspectos de la vida cotidiana de los seres humanos.
El desarrollo de la alfarería para poder conseguir
recipientes resistentes al fuego, revolucionó las técnicas
culinarias, pasando del asado o el incómodo cocimiento en
la roca descrito anteriormente, al cocido de carnes,
legumbres y verduras, hasta conseguir una sabrosa mezcla
de sabores.
Desde hace
mucho tiempo, antropólogos, historiadores, sociólogos,
psicólogos, poetas, escritores y gastrónomos, han prestado
una atención especial a la alimentación de los pueblos,
entre los antropólogos, unos situaron la comida dentro de
los rituales religiosos, otros enfatizaron su función
social y algunos analizaron el contexto social y
psicológico de la alimentación respecto a su preparación,
consumo, simbolismo y tabus que la rodean, pero un autor
destaca sobre todos los demás respecto a su aportación al
tema que nos ocupa, Claude Levi-Strauss consideró por
primera vez a la cocina como un universal de las
sociedades humanas, y a la transformación a través del
fuego de crudo a cocido, como un proceso determinante en
esa evolución, llegando a decir que el hombre es un animal
que cocina, ya que a excepción de las abejas que producen
miel a partir del néctar de las flores, el hombre es la
única criatura de la naturaleza que transforma los
alimentos antes de consumirlos (8).
Fenicios.-
La versión
más popular sobre los inicios de Cádiz, señala a Hércules
como su fundador, y desde ese mismo momento podemos
encontrar referencias a la alimentación en la zona, ya que
antiguas escrituras se refieren a nuestras tierras como la
morada de Gerión, que en fenicio sería derivado de Gera
(morada de ganados), y el nombre de Gadir derivado de
Gaderoth y Gadera (rebaño de ovejas), o sea que el viajero
Hércules, venció al dueño de ganados y comerció con ellos
desde aquí fundando una gran ciudad, que fue junto a Tiro
y Cartago, eje del comercio fenicio por el mediterráneo.
Se conoce que
en esta tierra, mucho antes de la llegada de los fenicios,
se producía gran cantidad de sal, y si abundaba la carne y
el pescado, es fácil deducir que la gran fábrica que estos
ubicaron en nuestra ciudad, fuera de salazones de carne y
pescado para el comercio marítimo, sobre todo del preciado
atún rojo que aparece en sus monedas. A los fenicios
debemos también el aceite de oliva en primera instancia,
la obtención de miel, las primeras vides y vinos, y la
introducción del arado para los cultivos que ya se
realizaban de forma más rudimentaria.
Griegos.-
Los griegos
eran grandes consumidores de carne de cabra, cordero,
perdiz, cerdo y jabalí, elaborando numerosos embutidos con
ellas. Cultivaron en Andalucía trigo, cebada y manipulaban
la oliva para extraer su aceite.
Evidentemente
hasta que pudimos tener gracias a la tecnología, productos
fuera de temporada, lo que se consumía era lo que en cada
momento daba la tierra. Los alimentos que se podían
transportar a grandes distancias, eran aquellos que se
secaban, salaban o conservaban en aceite o vinagre.
Cuentan que algunos griegos eran tan sibaritas respecto a
la cocina de mercado, que viajaban en busca de productos
de temporada para comerlos en su lugar de producción en el
momento óptimo.
Romanos.-
Con el
dominio de Roma sobre Andalucía, aparecen nuevas
costumbres, los romanos eran muy exquisitos en sus
comidas, ya hacían tres al día. Su revolución culinaria se
basa en la incorporación de vegetales que eran
desconocidos o considerados inaceptables, como la col,
nabos, rábanos, hierbas aromáticas, pimienta, etc.
La gallina
era una de sus aves predilectas. Extendieron la producción
de la uva y de la aceituna, del entorno de Gades donde ya
la cultivaban los fenicios, hacia el interior. El pueblo
romano tomaba una papilla de harina de trigo mezclada con
un poco de aceite y agua muy parecida a la gaditana poleá,
que llamaban pulentum. De ellos aprendimos la conservación
en salmuera y vinagre y a aderezar nuestros platos con
mostaza, pimienta o comino.
Sin lugar a
dudas, debemos a los romanos pertenecer a la cultura del
ajo como elemento importantísimo en nuestra cocina, y de
gran valor para el mantenimiento de la salud, pero lo que
hasta hace poco se sabía menos, es que la razón por la que
esto fue así esta relacionada con la estrategia militar,
ya que al parecer, Roma coloniza Hispania con tropas
procedentes de Egipto (de donde nos llegó el ajo) y no con
las tropas del norte de Italia que conquistaron el norte
de Europa.
La matanza
del cerdo en la Roma clásica ya estaba institucionalizada,
la dirigía un cocinero de rango y se consumía el jamón
(perna) y otras partes en embutidos y salazones, como los
lomos (tergora), cabeza (sinciput), costillas (costae) y
tocino (lardum). El jamón como hoy, era lo más apreciado y
consumido solo por los más pudientes, también como hoy.
Catón en su obra "de re rústica", refiere las normas de
preparación: poner 5 días en sal, colgar dos días al
viento, untar en aceite, dos días al humo, bañar en
vinagre para evitar ácaros e insectos y luego a la
despensa. Usaban el espetón, que era una cruz de hierro
que incrustaban en la tierra, donde ensartaban las carnes
y los pescados más grandes arrimándoles unas brasas, aún
este artilugio se usa en algunos lugares de Andalucía.
Visigodos.-
Con la caída
del imperio romano se produce un retroceso cultural
importante debido a la invasión de los bárbaros del norte.
Estos eran aprovechadores de recursos más que aportadores
de nuevas cocinas, gustaban de las leches fermentadas, no
mezclaban nunca el agua con el vino y eran amantes de la
casquería. De origen visigótico parecen ser los
aprovechamientos de las vísceras y partes menos nobles de
los animales en la cocina, como el rabo de toro, el
menudo, las manitas de cerdo y los riñones.
Árabes.-
Cerca de ocho
siglos ocuparon los musulmanes la mayor parte de la
península ibérica, sobre todo Andalucía, y durante este
tiempo hicieron que la gastronomía andaluza transformara
sus costumbres, adquiriendo un refinamiento desconocido
hasta la época en Europa. La mejor forma de automostrarnos
quienes somos, a la luz de las guerras y rivalidades a
causa de la religión, la codicia o la ignorancia, es mirar
atrás en la historia o adelante hacia el plato de comida
que ponemos en nuestra mesa cada día. España penetró en su
esplendor gastronómico en el Al-Ándalus medieval.
Ellos nos
trajeron el arroz, los cítricos (naranjas, limones y
pomelos), los alcauciles, las almendras, granadas y
dátiles. Nos trajeron también la incorporación de algunas
especias exóticas para condimentar y conservar, como el
jengibre, la canela, el clavo, la nuez moscada, el
cilantro. Introdujeron el empleo de hierbas aromáticas en
la cocina, como el romero, tomillo o albahaca.
Desarrollaron técnicas que revolucionaron las huertas,
como el injerto de los cítricos que aún hoy se practica,
el empleo del regadío por drenaje denominado navazos para
aprovechar las aguas del subsuelo, norias, acequias y
presas en la cuenca del Guadalquivir. Escribieron tratados
geopónicos y calendarios agrícolas.
El legado en
forma de recetas que los árabes nos dejaron es inmenso,
como sus guisos de gallina con escabeche, pimienta,
cilantro, canela y azafrán, acompañado de una salsa a base
de agua de rosas, azúcar y almendras machacadas. Las
albóndigas, hojaldres, empanadas, conejo especiado con
clavo, ensalada de zanahorias con pasas, cordero a la
miel, el caldillo de perros, las calderetas de cordero. El
gazpacho adquiere una finura desconocida al incorporar la
almendra. Eran maestros en los rellenos, preparaciones
agridulces y postres, como sus dulces de miel y almendras,
arropes, sorbetes, y recetas que han llegado casi intactas
a nuestros días como amarguillos, alfajores, piñonates y
turrones.
Los árabes ya
hablaban del perjuicio del excesivo consumo de sal para la
salud. Consumían ratas de agua y lagartos, costumbres que
no arraigaron en Andalucía, pero como saben si en Valencia
y Extremadura. También nos trajeron el Laud, antecesor de
la guitarra y la bandurria tan importantes para nuestra
música. Los baños y bañarnos, perfeccionando los baños
romanos, en una época en la que bañarse era raro entre los
cristianos. No solo la higiene personal se ve modificada
con los árabes, también la higiene en la cocina,
promulgando estrictas normas para la manipulación de los
alimentos.
Los cristianos.-
En la época
de la reconquista andaluza, los preservadores de gran
parte de la cultura fueron los monjes y las monjas en sus
pequeños conventos y monasterios, en sus huertos y
corrales cultivaban productos que luego transformaban en
conservas y dulces.
La
alimentación del pueblo llano en estos tiempos era más
bien escasa, unas cuantas hortalizas, aves y pescado en
los pueblos del litoral. Había pueblos enteros que
sobrevivieron a base de bellotas. La cocina medieval
necesitaba de dedicación e inventiva, tanto para conservar
como para dar sabor. Las aguas potables eran escasas y la
gente que podía bebía vino caliente de la región (con
canela, pimienta y jengibre), o cerveza.
Los judíos
andaluces antes de su expulsión de España, nos dejan
costumbres como la de comer de forma especial en la pascua
o cocer verduras, legumbres y carnes en una olla, guiso
que ellos llaman "adafina"
Desde
siempre, una de las formas más características de la
cultura mediterránea, de ingerir las carnes, son los
cocidos, además de los españoles, tenemos el Pot a feu
frances, los cocidos italianos y griegos o la harira en el
norte de África.
Los potajes,
cocidos, pucheros, ollas y potes, tal y como los conocemos
hoy en España, surgen hacia el siglo XV como
interpretación cristiana de la "adafina" judia (del árabe
dafana, que significa tapar), plato propio del sabbath,
que se elaboraba con garbanzos, fideos, ternera, huevos
duros y pollo. Ya en aquella época se obtenían tres
platos, la sopa por un lado, las legumbres y verduras por
otro, y por último las carnes. Una de las primeras
interpretaciones de esa "adafina" fue la "olla podrida",
de la que curiosamente su nombre no tiene nada que ver con
la putrefacción, sino de la degeneración de la palabra "poderida"
que significa poderosa, también se la llamaba "pot pourrí"
por la variedad de ingredientes que la componía, esta olla
se preparaba con legumbres, hortalizas, embutidos y
carnes, incluyendo las de cerdo como diferenciación
cristiana y para no hacer sospechar a la inquisición que
se metía en todo, hasta en la cocina.
Muchos
alimentos tienen una importancia simbólica o ideológica,
pero ninguno como el consumo del cerdo, sobre todo en los
siglos XVI y XVII en España. En aquella época consumir
cerdo era signo de cristiano viejo y su repulsa se
entendía como señal de Judío o Moro, categorías marginadas
de la sociedad dominante. Hasta nuestros días ha llegado
la costumbre en algunos pueblos de España, de presinarse y
presinar al barreño donde se preparan las carnes del cerdo
para la matanza o el cocido. Quevedo decía a Góngora <<Yo
te untaré mis versos con tocino/ porque no me los muerdas
Gongorilla>>, y en otro de sus versos comenta
disponiéndose a pasar un día de campo a orillas del
Manzanares: <<Yo me voy a nadar con un morcón/ queso,
cecina, salchichón y pan/ que por comer más rancio que
Adán/ dejo la fruta y muerdo del jamón>>.
En esta
convivencia de los pueblos Judío, Árabe y Cristiano, no es
extraño, dada las rigurosas prohibiciones que los dos
primeros tenían y tienen respecto a su alimentación, que
tuvieran cada uno sus propios mercados y carnicerías.
Como
demuestra el antropólogo Marvin Harris en su libro "Vacas,
cerdos, guerras y brujas", muchos de estos tabúes de
algunas culturas tienen por origen restricciones de tipo
económico, ya que si los hindúes se comieran sus vacas, se
quedarían sin tiro para sus arados, sin boñigas para usar
como combustible o aislar del frío sus casas, sin leche,
sin terneros que criar para sustituir a las vacas y bueyes
que mueren de viejos, etc. También los cerdos en un medio
tan seco como el que frecuentaban los musulmanes en la
época de Mahoma, es lógico que fueran proscritos, ya que
competían con los humanos por el agua y el alimento, las
ovejas y las cabras sin embargo, comen lo que los hombres
no pueden y beben poco agua (7).
En el siglo
XIX, los cocidos ya no son platos exclusivos de los nobles
y comienzan a servirse en posadas y fondas, pero como
plato caro que ha de pedirse a la carta. A partir de
entonces su popularidad se hace enorme, pasando a ser de
consumo habitual en las mesas de las casas españolas, pero
para nuestro propósito relacionado con la salud y la
nutrición, debemos considerar que variaban
considerablemente sus ingredientes según el poder
adquisitivo de los comensales, así mientras los poderosos
cometían bestiales excesos, la mayoría del pueblo llano se
mantenía como podía desde siempre, como cita Quevedo en el
Buscón: "Comieron una comida eterna, sin principio ni fin.
Trajeron un caldo tan claro, que podía verse con que ansia
unos dedos macilentos, se echaban a nado tras un garbanzo
huérfano y solo". O este verso de Miguel Moreno: "Juan a
comer convidó / a Pedro que fue en ayunas / y poniéndole
aceitunas / al principio lo admiró. Y dijo: En mi tierra
vi que éstas, siempre postre fueron / y Juan respondió: Y
no mintieron, que también lo son aquí". Por último la
descripción de la comida de sábado que hace Quiñones de
Benavente en el Entremés del Mayordomo: "Los sábados que
es día de cazuela, habrá brava bazofia mojatoria, asadura
de vaca en pepitoria, tal vez una panza con sus sesos y un
diluvio de palos y de huesos".
Comparemos
dos recetas de la misma época, una practicada en palacio y
la otra suministrada a los niños huérfanos del Colegio de
San Ildefonso:
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COCIDO FERNANDINO |
COCIDO DEL
HUÉRFANO |
- 4 Kg de vaca
- 3 Piezas de
carnero
- 1 Gallina, 1
perdiz, 2 palomas
- 1 Liebre, 2 Kg de
jamón
- 2 chorizos, 1 Kg
de tocino
- 1,5 Kg de oreja de
cerdo
- 1 Kg de manitas de
cerdo
- Verduras garbanzos
y especias
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- ½ Libra de vaca
(225 gramos)
- 3 Huesos de
carnero y despojos
- ½ libra de tocino,
verduras
- 1 cuartillo de
longaniza y garbanzos.
- En cuaresma
desaparecen carnes
- y huesos,
añadiéndose huevo duro
- y castañas.
|
En el siglo
XX, el puchero con tos sus avios se hace asequible a todos
los bolsillos, considerándose muchas de sus distintas
variantes como los platos más populares del recetario
español. Hay casi tantas variedades de cocidos en España
como regiones, entre los más conocidos se encuentran el
madrileño, extremeño, vasco, andaluz, canario, gallego,
maragato, la escudella catalana, el bullit balear o el
pote asturiano, aunque podemos establecer un patrón común
a casi todos ellos:
Se ponen en una olla normal las carnes y
los huesos cubiertos con agua fría.
Se coloca el recipiente al fuego y se
lleva a ebullición, cuando esto ocurre se retira la espuma
de la superficie, se añaden las legumbres y después de
media hora las verduras y los embutidos.
Se sirven por separado, la sopa, las
legumbres y verduras, y al final las carnes.
Aunque
algunos piensen en este plato como una bomba calórica, el
puchero representa un alimento muy completo y sano desde
todos los puntos de vista, mientras no abusemos de las
grasas en su elaboración, también está abierto a la
imaginación de cada cocinero, entre las recetas
tradicionales andaluzas lo encontramos con gallina,
ternera, cerdo, cordero, conejo, liebre o perdiz, incluso
hemos obtenido reseñas que comentan como la paloma buchona
ladrona, paloma común de nuestros parques y plazas,
habitualmente formaba parte de los cocidos durante la
década de los 40 tras la guerra civil española, ya que
eran muy numerosas y fáciles de capturar, por lo que
siempre se podía contar con ellas para llevar algo de
carne al puchero (4).
Como
expresaba recientemente Antonio Burgos en un artículo,
ante la aparición "del puchero con to sus avios" en la
carta de un afamado cocinero vasco: <<Me encanta que
empecemos a dejarnos de la nueva cocina vasca y que hasta
los solistas de esta cocina compongan el repertorio de sus
conciertos con piezas clásicas de la vieja cocina
andaluza. La cocina del subdesarrollo, la cocina del
ingenio, la cocina del hambre. Con la carísima merluza de
pincho que te enseñan Iñaki o Pachi, hay que ser muy torpe
para no hacer una obra de arte. Lo difícil es hacer una
obra de arte con unos garbanzos remojados, unas papas, un
cuarto de carne, una libra de tocino y un trozo de hueso
de jamón. Lo difícil es aviar una obra de arte con los
humildes avíos del puchero. Nuestra cocina de siempre>>.
El puchero
suele ser un guiso que queda aparcado cuando el calor
aprieta, sustituido por los gazpachos, pimientos asados,
piriñacas, etc., duerme transitoriamente en la memoria
colectiva, pero muchos andaluces con auténtico síndrome de
abstinencia, a pesar de la canícula, colocan al fuego la
marmita durante pleno mes de agosto, con el fin de
culminar el proceso alquímico que al igual que a Paracelso
llevó a convertir el plomo en oro, nos lleva hoy a
transformar lo crudo en sinfonía cocida para los sentidos.
Si
siguiéramos al pie de la letra los dictados de la dieta
mediterránea, los cocidos sin exceso de carnes y grasas,
serían sin duda, las recetas más aplaudidas por los
nutricionistas.
Las carnes
rojas.-
Los
conocimientos acerca del consumo de carnes en la
alimentación humana se remontan hasta el Neolítico,
posteriormente, las primeras fuentes escritas (en Egipto y
en Oriente Próximo, principalmente) dan una idea
aproximada de la transformación del ser humano de cazador
a ganadero, ello provocó el desarrollo de gran variedad de
técnicas y métodos de conservación de la carne (salazones,
desecados, ahumados) que permitieron al hombre, aún en
períodos de escasez, su consumo constante. Es indudable
que desde siempre las carnes han sido y son alimentos muy
valorados y preciados por el hombre, también y seguramente
por ello, a menudo las creencias religiosas han
condicionado su consumo, ya que se le ha relacionado
frecuentemente con el placer.
El consumo de
carne se relacionó hasta hace muy poco con el nivel de
vida de un pueblo, así en España en 1958, el consumo de
carne se cifraba en el 17,6% del gasto total en
alimentación, en 1995 ascendió hasta el 25,5% y a pesar
del descenso desde 2003 en su consumo, los nutricionistas
comentan que representa el doble de lo aconsejable.
Desde el
punto de vista nutricional, la abundancia de proteínas de
elevado valor biológico, así como su riqueza en hierro y
otros minerales y vitaminas, hacen de las carnes un
alimento óptimo que debe ser incluido en la alimentación
humana de forma racional. La variabilidad que existe desde
el aspecto alimenticio entre las diferentes especies es
muy escasa. Así, en términos generales se puede afirmar
que las carnes son una buena fuente de minerales:
potasio, sodio, cinc, fósforo y hierro. Con respecto a las
vitaminas, las carnes proveen una excelente cantidad,
sobre todo las del complejo B (B1, B2, B3, B6 y B12). Por
otro lado son ricas en grasas saturadas y pobres en
insaturadas (3).
La casquería.-
Cuando
hablamos de los productos extraídos de la ganadería en la
nutrición humana, el consumo de casquería es otro de los
elementos tradicionales que deberíamos analizar, esta se
define como toda parte del animal que no es carne
propiamente dicha, es decir, cualquier zona de la res que
no puede ser fileteada. Se las suele denominar también
según la zona geográfica como despojos, mondongos o
menudos.
Sobre este
tema, debemos empezar comentando que los primeros
homínidos, después de bajar de los árboles y erguirse
sobre sus patas traseras, deben su desarrollo intelectual
a dos fenómenos fundamentales, el primero es la necesidad
de aumentar sus fuentes de alimento, una de ellas es la
carroña de animales cazados por los depredadores, así
aprovechan lo que estos dejan por saciedad o imposibilidad
de comer, el tuétano y los sesos fueron vitales en el
desarrollo de nuestro cerebro, ya que los huesos golpeados
con otros huesos o con piedras, los dejaban al descubierto
proporcionándonos el fósforo que estos tejidos contienen.
También, como hemos dicho anteriormente, la capacidad de
cocinar los alimentos mediante el fuego, nos facilitó en
el esquema evolutivo poder disminuir el tamaño de nuestras
mandíbulas en favor de una cavidad craneal más grande.
Cuando el
hombre desarrolla armas y se ve capaz de cazar, imita a
los depredadores en sus estrategias: acercándose despacio
y oculto, eligiendo la presa más débil, cazando en grupo y
como no, comiendo primero las partes más nutritivas y
sabrosas alojadas en la cavidad abdominal de los
herbívoros. En el pasado siglo, intrigaba enormemente a
los investigadores que algunas tribus de esquimales, que
solo incluían carne de caza en sus dietas, no presentaran
ninguna de las deficiencias propias de no ingerir verdura
o fruta, el análisis de sus costumbres alimenticias les
dio la respuesta, entre las partes más apreciadas del
animal se encontraban sus vísceras, que consumían junto a
sus contenidos vegetales a medio digerir (6).
Entre los
músculos, cartílagos y gelatinas mas apreciados
encontramos la lengua, que se consume entera salvo
su telilla exterior que se quita con el escaldado, las
carrilleras músculo masticatorio, sabroso y gelatinoso
en los guisos, el rabo que se gelatiniza al cocerlo
lentamente. Manos de cerdo, vaca o cordero, que
dependiendo del tamaño necesitan de una larga cocción o
simplemente asadas están exquisitas. Los morros que
se consumen de vaca o cerdo. Las orejas que se
empanan y fríen o se planchean en adobo y son una golosina
que se pone como tapa. Las crestas de gallo,
descubiertas hoy como delicias por la cocina de
vanguardia. La médula, que en Francia la llaman
amourettes (amorcitos) y en el cercano Jerez de la
Frontera se comían en tortilla. Los tuetanos, que en
España solo comemos si nos toca en el hueso del cocido o
puchero, pero en otros países integran elaboradas recetas.
Otro de los
grupos serían los órganos y vísceras, estos
son más delicados y no solo debemos de tener cuidado en su
elaboración, también en su previa selección. Por ejemplo,
los riñones e hígados al ser responsables de la
eliminación y metabolización de los desechos del
organismo, pueden acumular toxinas, por lo que debe
garantizarse la buena alimentación del animal y estar bien
limpios. Los más apreciados son: el corazón, que se
suele cocinar junto a otros menudillos formando parte de
la llamada en las matanzas asadura negra. Los riñones,
bien limpios y elaborados están exquisitos, se comen de
cordero, ternera, cerdo y conejo. El hígado, del
que existe un extensísimo recetario, desde el famoso foie
de pato u oca, patés, hasta encebollados de cerdo,
ternera, pollo o conejo (las famosas cachuelas), también
adobados o en colorao como se comen en Cádiz. Las
mollejas son glándulas de crecimiento que se atrofian
en los animales adultos, por lo que suelen ser escasas y
caras. Los sesos, antes tan cotizados en los
mercados, hoy se tiran a la basura o son comidas para
perros, lástima porque rebozados o integrando la famosa
tortilla de Sacromonte están buenísimos. Las
Asadurillas son revoltillos de despojos troceados que
dependiendo del lugar se cocinan de determinada forma, son
de un animal concreto o incluyen solo algunas partes de
estos, las mas habituales son el bazo, páncreas y los
pulmones. Las criadillas son los testículos de los
toros, por lo que algunas mujeres ni los tocan y algunos
hombres les llega el acido úrico a las nubes por su
consumo desmesurado, pensando erróneamente en el aumento
de potencia hasta nivel Ferrari, cuando seguramente se
quedarán si no lo remedian de otra forma, en dos caballos.
Las tripas
conformarían el último de nuestros grupos. Los
intestinos se suelen utilizar principalmente para
embutir morcillas o chorizos. Para morcones, choscos o
botillos se usan recipientes mayores como estómagos y
vejigas. Pero uno de los consumos mas generalizados de
las tripas en España son los callos, que son partes
de los estómagos de los vacunos cocinadas en salsa más o
menos picantes, ni que decir tiene que el secreto está en
la limpieza del género, aunque hoy día pueden adquirirse
ya limpias. También se consumen las tripas de vacuno a la
plancha y las de cordero enrolladas en un sarmiento,
cocidas y posteriormente a la plancha o fritas (reciben el
nombre de zarajos, madejas o conejillas).
Punto aparte
merece la mención a los guisos de sangre, se
consumen sobre todo la de cerdo, cordero y pavo,
resultando encebolladas o en tomate, dignos capítulos de
nuestro recetario tradicional.
Hasta siete
de cada 10 personas que probaron algún plato de casquería
durante el año pasado, eligieron éstos como productos
estrella. Pero que sean una de las especialidades más
consumida en España no es ninguna sorpresa si tenemos en
cuenta que, en sus distintas variedades, son el símbolo de
la gastronomía local en gran parte de nuestro país.
Después de
los callos, los hígados son los más solicitados. Por
comunidades, Cataluña es la que más casquería consume (el
26% del consumo total), seguida del País Vasco (17%) y
Madrid (13%), mientras Andalucía estamos en torno al 8%.
En esta encuesta se señala también que más de la mitad de
los españoles toma al menos una vez al mes esta clase de
alimentos. El 27% lo hace una vez a la semana y el 20%,
una vez al año.
Nutricionalmente debemos destacar que la casquería en
general, proporciona proteínas de alta calidad, hierro,
fósforo, zinc y vitaminas A y B12, pero contiene gran
cantidad de purinas (relacionadas con el aumento de acido
úrico) y grasas perjudiciales para el organismo, por lo
que solo se puede recomendar un consumo ocasional (3).
Carnes curadas y
embutidos.-
A lo largo de
los tiempos, la carne fresca ha sido procesada, y dentro
de los distintos animales consumidos, el cerdo cobró una
especial atención, dado no sólo por su gran capacidad
reproductiva, sino también por el máximo aprovechamiento
de su carne, y la facilidad de almacenamiento como tal o a
través de embutidos. Asimismo el embutido era una manera
de aprovechar las peores piezas y desperdicios diversos.
La gran
tradición mediterránea de jamones y embutidos es
probablemente de origen romano y griego, y así lo
demuestra que nombres como longaniza y salchicha vienen de
los embutidos romanos lucanica y salsicius. A los
griegos se le atribuye la invención de la morcilla de
sangre.
Nutricionalmente el jamón ofrece un generoso aporte de
vitaminas del grupo B, como la B1, la B2 y, sobre todo, la
niacina. Tan sólo 100 g de jamón proporcionan el 24% del
consumo diario recomendado de esta vitamina. Es rico en
hierro, magnesio, zinc y calcio, pero sobre todo en
fósforo. Cabe destacar que la grasa del jamón ibérico
tiene una característica importante: el ácido graso
mayoritario es el oléico (insaturado), característico del
aceite de oliva, esto facilita la producción de HDL
("colesterol bueno") en el organismo, reduciendo al mismo
tiempo el LDL ("colesterol malo") (3).
Llegados a
este punto, conviene recordar que la dieta mediterránea
no es una dieta de adelgazamiento, es una dieta sana. A la
hora de pensar en nuestro peso, debemos tener en cuenta
que 100gr de aceite de oliva equivalen a 900 calorías y el
embutido presenta en general unas 400 calorías por 100gr,
con lo que la moderación en su consumo es también
importante.
Los derivados
lácteos.-
Las primeras
domesticaciones de animales ocurrieron en China y
Mongolia. Posteriormente aparecieron los primeros rebaños
de ovejas en Irak y Rumania (9000 a. C). La domesticación
de vacas data de alrededor del 6000 a. C en las orillas
del lago Neuchâtel, Suiza, donde se encontraron las
primeras evidencias de productos de leches
fermentadas(cuajadas).
Las leches fermentadas son derivados lácteos muy
utilizados por su mayor digestibilidad y durabilidad con
respecto a la leche de procedencia. El origen se localiza
en las tribus nómadas de Oriente Medio, de los Balcanes y
del Cáucaso.
El consumo de
quesos se encuentra muy generalizado, pero cada pueblo o
cultura tiene su propia leche fermentada, dependiendo de
los microorganismos y de las condiciones de producción.
La evolución de estos productos a lo largo de los años se
puede atribuir a las habilidades culinarias de estos
pueblos, que transmitían el arte de la fabricación de la
leche fermentada de generación en generación, en Andalucía
tenemos algunos de los quesos más preciados de España.
Nutricionalmente los productos lácteos son excelentes
fuentes de proteína de alto valor biológico, minerales
(calcio, fósforo, potasio) y de vitaminas (vitamina A, D,
riboflavina, ácido fólico y vitamina B12). Las
mantequillas presentan gran cantidad de grasassaturadas.
La lactosa es el azúcar de la leche, un disacárido
fácilmente digerible excepto en los intolerantes a la
lactosa. Hay un gran número de individuos que toleran
mejor la lactosa de las leches fermentadas que la de la
leche. La lactosa de los quesos madurados prácticamente
desaparece debido a la fermentación de los
microorganismos.
El yogur tiene un elevado valor nutritivo y su
consumo se asocia a una serie de beneficios para la salud.
Proporciona muchos nutrientes junto con microorganismos
vivos capaces de mejorar el equilibrio de la flora
intestinal.
Condicionantes
alimentarios.-
El hombre de hoy por su
evolución, se distingue de gran parte de los animales por
la gran variedad de alimentos que puede incluir en su
dieta. Tiene una dentadura capaz de cortar con sus
incisivos como los roedores, triturar con sus molares y
premolares como los herbívoros, y perforar con sus caninos
como los carnívoros. Su sistema digestivo es capaz de
digerir gran cantidad de alimentos por las características
de su intestino con una longitud entre la del carnívoro
(más corto) y el herbívoro (más largo), de ahí la
explicación de asentamientos humanos en multitud de
ecosistemas diferentes (desiertos, tundras, hielos,
selvas).
Ser omnívoro
implica tener mayor autonomía, libertad y adaptabilidad,
pero también presenta condicionantes importantes, el de la
variedad y el de la cantidad. El omnívoro es incapaz de
obtener los nutrientes necesarios para su vida de un solo
alimento como lo hace el Koala del eucalipto o el oso
Panda del bambú (quizás por ello se encuentran en peligro
de extinción), el explora, prueba y se adapta, pero está
obligado a ser prudente porque todo alimento nuevo puede
significar un peligro. Para ello el hombre se provee, a
través de la tradición cultural generación tras generación
de saberes y habilidades, que le permiten identificar en
base a la experiencia de sus antepasados, los alimentos
comestibles, reduciendo al mínimo los riesgos mediante
preferencias y aversiones (1).
Sin embargo,
no todos los alimentos que se encuentran a nuestro alcance
y serían nutricionalmente aceptables son considerados
comestibles, en cualquier lugar del planeta, los
individuos eligen dentro de la variedad, atendiendo a
criterios sociales, culturales y psicológicos (en Europa
no comemos perros o insectos y en el sudeste asiático si).
En este sentido también son importantes las experiencias
sensoriales que produce el alimento, por ejemplo, si
pintamos un jugoso filete de carne de verde chillón, es
automáticamente rechazado. Si el color es importante, la
textura y el sonido también, esperamos que un trozo de
manzana o una patata frita cruja en la boca, y el sabor
amargo nos hace rechazar el alimento, seguramente porque
la mayoría de las toxinas naturales tienen ese sabor.
También hablábamos de
condicionantes de cantidad, por ejemplo nuestro organismo
es incapaz de digerir determinadas plantas, y de las que
comemos, no podemos aprovechar sus nutrientes como lo
haría un herbívoro, ya que nuestro estómago e intestino no
se encuentra especializado como el de estos. En el caso de
las carnes, el intestino más corto de los carnívoros
facilita la no absorción de determinadas sustancias
perjudiciales, que en nuestro caso si se asimilan, por lo
tanto la cantidad y la calidad de los alimentos que
comemos resulta un condicionante muy importante, sobre
todo si pensamos que en nuestra sociedad occidental, no
tenemos que correr una buena cantidad de kilómetros para
cazar. De ahí que la apuesta de los sectores cárnicos deba
ir por los derroteros de la calidad, más que por los de la
cantidad (si algunos son capaces de pagar más de 200 euros
por un kilo de Buey de Kobe, porque no pagar algo más por
un kilo de retinta ecológica de La Janda).
Los cambios
alimentarios no son fáciles, decía el profesor Grande
Covian que era más fácil hacer cambiar de religión a un
pueblo, que de hábitos alimentarios. Levi Strauss, famoso
antropólogo francés que escribió largo y tendido sobre la
cocina como elemento fundamental de la cultura, afirmó que
la cocina en una sociedad traduce inconscientemente su
estructura, a menos que sin darse cuenta, se resigne a
revelar también en ella sus contradicciones (8). Para
concluir, detengámonos un momento en este punto para
reflexionar sobre nuestra estructura social actual,
probablemente arrojemos algo de luz a muchas de las
cuestiones que nos planteamos sobre nuestra alimentación:
* Actualmente la mujer se ha
incorporado, en muchos casos, al mercado laboral, y no
por ello ha abandonado su responsabilidad doméstica, por
lo que empieza a reconocerse de forma justa la doble
carga que sobrellevan muchas de ellas, ya que su
incorporación al trabajo remunerado no ha sido
acompañada aún de una corresponsabilización del hombre
en las tareas domésticas.
* El aprovisionamiento se produce
mayoritariamente en las grandes superficies, porque
implica una mayor rapidez en la compra y un mayor
espaciamiento entre estas. También la incorporación a la
cesta de la compra de productos rápidos, cómodos y
fáciles de preparar (denominados alimentos /servicio),
ahorra tiempo y trabajo.
* El aprendizaje por tradición oral
casi se ha perdido y es más habitual que sean los
libros, los programas de televisión, radio o Internet,
los que conformen hoy el saber hacer alimentario. Además
muchas mujeres y hombres jóvenes, expresan abiertamente
su falta de interés por el trabajo doméstico,
resintiéndose entre otros aspectos el nutricional.
* A menudo los adolescentes buscan
diferentes fórmulas para diferenciarse de los adultos y
marcar así su identidad entre iguales, gustos musicales,
ropa, diversiones y también por supuesto la comida. El
denominado Junk-food, comida a base de refrescos,
patatas fritas y hamburguesas, pizzas o pollo empanado,
se consumen en un contexto de experiencia social que
suele incluir música ruido y compañía de otros jóvenes,
huyendo así de la comida estructurada. En este sentido
cada vez esta socialización es más temprana, llegando al
punto de que muchos niños celebran sus cumpleaños en las
hamburgueserías. Estas actitudes de niños y
adolescentes, suelen actuar como agentes de cambio
alimentario, haciendo caer a las familias en este
planificado efecto de las multinacionales, que saben que
ganándose al niño, este terminará arrastrando hasta allí
a sus padres.
La cocina que
nos llega de las industrias es seguramente más agresiva y
ofensiva, que la que practicaban nuestras abuelas. Es
cierto que afortunadamente proliferan pequeños islotes de
producción de excelente calidad, que llamamos productos
biológicos o ecológicos, y estos están salvando de la
desaparición a muchos productos tradicionales, ante la
imposición de semillas y tratamientos de la producción
industrial, pero a alguien que gana un salario mínimo,
tiene uno o dos hijos en edad escolar y debe pagar piso y
coche ¿cuánto le queda para comer?, ¿puede pagar lo que
cuesta un pollo criado como lo hacían nuestros abuelos?,
¿un pescado capturado directamente del mar?, ¿puede llevar
a comer a sus hijos fuera de casa a menos que los lleve a
una hamburguesería?. Está condenado a consumir los
productos industriales que se ofrecen en las grandes
superficies, todos iguales, tratados química y
genéticamente y empapados en aromas artificiales para que
sepan a algo. No esta del todo mal porque gracias a ello
muchos seres humanos pueden comer, además siempre podemos
darles nuestro toque personal y nuestro cariño en la
cocina, pero si pudiéramos, sería la cocina de la que
deberíamos huir.
Finalmente
merece la pena comentar que, con la atención de los
nutricionistas puesta desde hace algunos años en la dieta
mediterránea, tan antigua casi como los primeros
asentamientos humanos en torno al Mare Nostrum, se nos
olvida frecuentemente que esta dieta es además de una
forma de alimentación compuesta por determinados
ingredientes, recetas y modos de cocinar, algo que va
mucho más allá, la dieta mediterránea es parte de la
cultura, de la forma de vivir, es una filosofía de vida,
en la que los paseos, la siesta, la tertulia con el vaso
de vino, las tradiciones, el calor del sol, la refrescante
brisa marina y el talante de sus gentes, son tan
importantes como el aceite de oliva, los cereales, las
verduras, la fruta, el pescado, los lácteos, la carne,
etcétera. No lo olvidemos nunca.
Bibliografía.-
1.- Contreras, J. Antropología de la alimentación,
Madrid: Endema, 1993.
2.- Fischler,C. El (H) omnívoro, Barcelona:
Anagrama, 1995.
3.- Fundación Dieta Mediterránea (2008). http://www.fdmed.org/
4.- Grupo Gastronómico Gaditano. Del puchero con to
sus avios (2003). http://grupogastronomicogaditano.com/Puchero.htm
5.- Grupo Gastronómico Gaditano. Cocina tradicional:
Una realidad imaginada (2005). http://grupogastronomicogaditano.com/Articulos/CocinaRealidadImaginada.htm
6.- Grupo Gastronómico Gaditano. Casquería y
despojos, entre necesidad y lujo (2006). http://grupogastronomicogaditano.com/Articulos/Casqueria%20y%20despojos.htm
7.- Harris, M. Vacas, cerdos, guerras y brujas.
Madrid: Alianza 1978; 21ª edición 1999.
8.- Levi Straus, C. Mitológicas 1. Lo crudo y lo
cocido, Trad. de Juan Almela, F.C.E., México 1968. |