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En
aquellos años de mi niñez -últimos cincuenta y primeros
sesenta- acompañaba a mi padre, cada mañana de domingo, al
quiosco del parque donde oficiaba don Vicente. Casi
siempre lo mismo: “Las bodas de Luis Alonso”, La rosa del
azafrán”, “El sitio de Zaragoza”. En realidad lo que
reconocía y quería escuchar la gente. Y cuando la banda
recogía las partituras, nos acercábamos al Germán. Los
mayores, vermú. Yo me conformaba con una gaseosa Mayo, en
realidad agua de la Ñora, y unas aceitunas. Ahí comenzó mi
relación con el Germán, que con El Busto y el Colón
configuraron las cafeterías de mayor ringorrango,
representación y concurrencia de la posguerra. Y esa
relación se ha mantenido hasta hoy…
En fin, celebro amigos, encontrarme aquí, con la amplia
familia de restauradores, peñas y cofradías gastronómicas,
para honrar el buen hacer de uno de los vuestros. Hermanos
todos de sangre, por la noble rama de los pucheros y las
sartenes. Todos acreditados artesanos de formulas y
recetas convertidas en guisos por el antiguo secreto de
los fogones. Esos fogones que llevan encendidos en el
Germán desde el año 35 del siglo -del siglo y del milenio-
pasado. ¡Ahí es nada! Primero respondía negocio y
titularidad a Antón el molinero. Pero en el citado l935 se
puso detrás de la barra el abuelo Germán y ahí aguantó
hasta l953.
Le sustituyó el grupo familiar: Germán, Electra, Carmina…,
pero fue Mario Blanco quien se mantuvo a pie de mostrador
hasta l992. Y ese año de triste recuerdo, recogió el
testigo la tercera generación. Nuevamente Germán. Y queda
por ahí, en la reserva, otro capicúa del árbol frondoso de
los Blanco, Mario, que todavía está por ver si el mozo
seguirá en los fogones de la familia o tirará por otros
derroteros empresariales. Y en este largísimo recorrido
merece un aplauso y un reconocimiento singular Mari que
primero como nuera, como esposa luego y ahora como madre y
abuela, ha estado ahí, formando parte consustancial y
amable de la historia. Los Blanco han sido piedras
angulares de tan dilatada vida profesional. Pero todo
hubiera sido de otra manera sin la presencia y el estímulo
de Mari.
El Germán es, ciertamente, una cafetería. Un restaurante.
Y ya sea a la hora del almuerzo o la cena, Germán acude
presuroso y recita con gracia las recomendaciones de la
casa: “solomillo mantequilla”, “bacalao a la altura de las
Islas Feroe”, “calamares en su tinta de órdago a la
grande”, “ensaladilla rusa digna de los zares”…; pero el
Germán es mucho más que una cafetería o un restaurante.
Conforma, sobre todo, un ambiente. Así es y muy
especialmente así ha sido. De alguna forma ha sido siempre
el pulso de la villa. Un centro neurálgico. Un casino para
todos los públicos, sin reservados ni derechos de
admisión. Serio de foros culturales, taurinos y deportivos
y amable e ingenuo de señoras de toda la vida que juegan
al parchís al atardecer.
No es de extrañar así que en este noble cafetón, en su
cálido clima de veladores, globos de luz, espejos
biselados que se cambiaron por una decoración art déco en
los setenta, fotos deportivas y columnas que antes
exhibieron su fuste de hierro fundido, se hayan escrito
muchas de las mejores páginas de la historia avilesina de
los últimos setenta años. Aquí nacieron peñas y tertulias:
“la escucha”, “el sifón”, “la berza”, la de mus “los diez
amigos”: Astuy, Paco y Antón Hurlé, Armando Canalón,
Huerta, Abelardo, etc.
Fue precisamente al fondo del local, donde el patriarca
inicial había montado en los años cuarenta “la mesa de los
intelectuales”, donde se fueron prodigando estos grupos
cuyas iniciativas, en algunos casos, aun permanecen vivas.
Y de aquí salieron grupos musicales y de danza, con
montera picona y chaleco desbrochado. Consecuencia de la
fusión, por ejemplo, de los grupos folklóricos La Rechalda,
Bar Germán y La Parranda, fue el nacimiento en l962 del
afamado grupo Sabugo ¡Tente Firme!, con Álvaro Álvarez
primero y luego y hasta hoy el citado Abelardo González
Blanco, también de la familia. De los ñurros.
Y sonaron también los mejores tiempos del Real Avilés en
Segunda División, en la radio del establecimiento y
pizarras que registraban los resultados de la liga y las
clasificaciones del Tour, siguiendo a Bahamontes subiendo
el Tourmalet. La vida avilesina, como la madrileña por el
Gijón o el Comercial, siempre ha pasado por el Germán y
del Germán, como decía, han salido siempre acuerdos e
iniciativas que han tenido mucho que ver con algunas de
nuestras empresas ciudadanas.
En el desván de mi memoria de niño me queda la imagen de
los espejos biselados, de la barra situada al contrario
que hoy, de la cafetera Pavóni, de la televisión en blanco
y negro, de la gaseosa Mayo y de aquellos mayores, que en
algunos casos no lo serían tanto, en torno a las mesas:
Pepe el Chocolatero, Manolo Inclán, Valentín el de las
calefacciones, Camporro, Ceferino, César Rodrigo, Enrique
y Tino Cuervo, Román Villasana, Marcos Junior, Gago, Cele
Muñiz, Antonio María, Oscar, Panizo, Manolo Pequeño, Pepe
Herminio, África, Fernando y Juan Wes, Venancio Ovies,
Pipo Carreño y tantos y tantos…
Es justo y obligado, pues, que se premie la despensa, la
cocina, pero también la rebotica y la tertulia de este
establecimiento. Casa del pueblo y casa de la cultura, a
cuyo amparo y calor se acogieron tantos miles de
avilesinos. Por ello celebro y aplaudo la distinción para
el maestro Germán Blanco, que es reconocer en él a Mary, a
Mario y al abuelo Germán. Muchas gracias y enhorabuena,
Germán. |